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Sus pisadas quebraban el silencio de los bosques. Una vez más el aprendiz caminaba sin rumbo entre los árboles de Aethelu.

  • Otra montaña… ¿Qué más da?”, piensa, mirando el monte que se le apareció enfrente.

La magia oscura ha evolucionado junto con la magia luminosa, y no de buena forma. Gereth no tiene control sobre su hechicería, la mayoría de las veces logra asesinar animales para tener algo que comer, pero no más que eso. Con el paso del tiempo, ha podido adaptarse a una nueva vida de soledad y vagancia, dejando cada vez más su futuro como un gran Hechicero de lado. Cada día se le hace más difícil querer practicar. La hechicería es algo que, si bien nace del ímpetu interior del Hechicero, requiere de una gran voluntad. La magia oscura no ha ayudado en ese sentido, actúa como lo hace el viento en contra al suave navegar de un velero. A diferencia de los Magos, los Hechiceros no requieren de clases de magia y hechicería, de ellos el poder nace de su interior, subyace en las profundidades del océano y se posa en lo más alto del cielo y de lo desconocido. Cada Hechicero es un conducto que conecta este mundo de energía infinita con la realidad, por lo que vencer esta maldición que se le ha sido impuesta cuando bebé es su misión en la vida, o lo era. Ha sido un vagabundo por quince años, ha conocido gente y se ha alojado en casas ajenas, aunque le disguste. La mayoría del tiempo camina, mata animales, crea fogones con magia, cocina su propia comida y duerme en el áspero suelo de los bosques de Aethelu. La combinación de magia negra y blanca no es buena ya que, aun teniendo conocimiento y experiencia, es muy difícil de controlar, y no es una combinación poderosa.

Su deseo alguna vez fue liberarse de la oscura energía que tiñe de negro sus habilidades, que corrompen su poder y lo debilitan, que no le permiten ser quien él quiere ser, un Hechicero, como su padre.

Llegar a Aethelu solo no fue fácil. Los primeros días lloraba despechado, no sabía qué hacer y no sabía dónde estaban sus padres. Las semanas siguientes tuvo que acostumbrarse a comer con lo que había disponible en el momento: conejos, aves, cerdos, o cualquier otro animal que estuviera cerca. Los siguientes meses comenzó a movilizarse, al ver que nadie llegaba en su ayuda, ni siquiera sus propios padres. Se movía unos cuantos kilómetros por día, buscando refugio.

La noche se hacía aún más oscura por la niebla que comenzaba a reducir la visibilidad de la zona. La humedad en el ambiente desconcentraba a Gereth, formando gotas de sudor en su cara mientras practicaba, una vez más. El ligero canto de las aves, ahogado por la inmensidad del bosque, se escuchaba a lo lejos mientras el aprendiz realizaba sus fallidos rituales de Hechicería. Las manos le sudaban, su respiración era cada vez más intensa y se le hacía necesario una jarra de agua fresca. Con sus manos, una y otra vez, realizaba los movimientos que alguna vez su padre le enseñó, pero solo salían chispas de la punta de sus dedos. Muy de vez en cuando lograba componer una buena bola de fuego que se desintegraba al instante. Esta no era su noche, al menos en otras ocasiones lograba cazar animales para poder comer un día más, pero hoy nada le salía.

  • “¿Y qué mierda hago ahora?”, dice en voz baja, un poco frustrado.

Gereth, mientras intentaba practicar, se da cuenta de que, a la distancia, detrás de uno de los tantos árboles del lugar, había un objeto que emitía una fuerte luz de color magenta intenso. Palpitaba lentamente, era como un fragmento de vida, o una muy buena ilusión por Prestidigitación. El aprendiz de Hechicero, al ver tal maravilla lumínica, se acerca con precaución y comienza a sentir una fuerte tristeza.

Un pequeño nudo se forma en su garganta, al darse cuenta de que es un fragmento de Arcana. Le recordó a su padre y al pueblo en el que alguna vez vivió. Era primera vez que veía la luz de uno en casi quince años, dado que la mayoría se encuentran bajo tierra. Gereth, al llegar al lugar donde se encontraba el hallazgo, sin previo aviso y justo antes de levantar el fragmento del suelo, una trampa de oso casi invisible por la maleza le agarró la mano por sorpresa. El Hechicero comienza a gritar e intenta zafarse de la trampa, pero sus bruscos movimientos le generan heridas y comienza a correr sangre por los dientes de metal. La trampa se quema y se deshace por la sangre de fuego que sale de las heridas del desafortunado aventurero. Gereth rompe los debilitados dientes de metal, y comienza a pensar en cómo sanar lo más rápido posible.

En el bosque, las heridas son peligrosas por posibles infecciones, además de que el olor a sangre atrae a grandes depredadores.

  • ¡Hey! ¿Qué haces acá?” Escucha una voz a lo lejos. “No esperaba cazar a un humano. No suelo comer humanos como yo. ¡Qué asco!”.
  • ¡Ayúdame estúpido, me estoy desangrando!”, le grita Gereth.
  • Tranquilo, de seguro son solo unas pequeñas heridas, vamos a mi refugio y te sanaré.”, le comenta el extraño. “Hans por acá, un gusto. Espero poder ayudarte.”.

Hans era un sujeto de estatura media, vestido con ropas de aldeano. Llevaba puesto una camisa blanca holgada, manchada con tierra por la cosecha de verduras, unos pantalones cafés y unos zapatos de cuero. Presumía una barba bastante descuidada, de color grisáceo igual que su cabello. A Gereth le llamó la atención que su cara no mostraba signos de vejez, parecía haber sido pulida por los dioses, al igual que su quijada perfectamente cuadrada y sus grandes manos. Las tenía manchadas de sangre, hace poco había capturado con una de sus trampas de oso la cena de hoy, un Galio de Fúlmina.

Hans se acerca más al aventurero y ve su trampa hecha cenizas, casi por completo.

  • “¿Tú…?”, le pregunta a Gereth.
  • “¿Qué crees?”, responde mientras se sujeta con fuerza la mano con las heridas.
  • “¿Digo, ¿cómo…?”, pregunta nuevamente, perplejo por la situación. “Mejor vámonos rápido, no esperemos a que algún depredador sepa donde estemos. Si quieres quédate con la Arcana, parece que la querías, por algo caíste en mi trampa.”
  • “¿Me la regalas?”, pregunta el aprendiz.
  • “Sí, claro.”.
  • “Pero…”, susurra, confundido.
  • “Es un fragmento de Arcana, ¡No te hará daño!”, dice Hans.
  • “Lo sé, es solo que…”, dice mientras baja la voz. “Del lugar que vengo, la Arcana solía ser muy preciada. Quizás demasiado.”.
  • “¿Y dónde es eso?, ¡Dejaría de cosechar verduras y podría convertirme en un rey!”, dice, mientras bromea con Gereth.
  • “Ioun.”, dice, sin reír junto a Hans.

Un abrupto silencio rompe la conversación entre ambos, pareciera ser que Hans sabe algo al respecto.

  • “He… leído sobre ese pueblo antes. Lo siento, no era mi intensión—“.
  • “Tranquilo, no te preocupes. ¿Algo dijiste de depredadores?”.
  • “Sí, mejor vámonos. En mi casa tengo algunos implementos para hacer sanación, ¡Espero que no los quemes también!”.

Un tiempo después de haber comenzado a caminar, el Hechicero se sentía un poco mareado por la falta de sangre, como también por los chistes que Hans venía contándole en el camino. Los ojos se le entrecerraban, ya que estaba cansado y caminando derecho casi por inercia. Mientras caminaba, miraba al cielo esperando llegar pronto, para este momento las palabras de Hans entraban y salían de su cabeza, eran solo murmullos.

Luego de unos cuantos cientos de metros más, y otros cuantos chistes entremedio, ambos llegan a la morada de Hans. Era una pequeña casa hecha artesanalmente, con madera proveniente de los árboles nativos de la zona. Era sólida como una roca, Gereth lo notó al golpetear con la mano unas cuantas veces una de las paredes de madera, y era tan acogedora como su propio hogar en Ioun.

  • ¿Acaso no te gustaron los chistes que te conté?, Provenientes del mismísimo libro de bolsillo de chistes que no provocan risa, ¡que yo mismo escribí!, la idea es que te den risa porque no dan risa.”, dice Hans, mientras abre la puerta de su casa, tenía amarrada la manija con un pedazo de cuero. “¿Cuál es el colmo de un dragón?” susurra. “¡Tener la garganta inflamada!”.

Dentro de la casa, Gereth se sienta rápidamente en la mesa principal para recuperarse un momento, y Hans le prepara un elixir de sanación, una receta antigua pero aun altamente eficaz.

  • “¿Y qué haces por estos lares?”, le pregunta a la desafortunada víctima de su trampa, que parecía estar mejor.
  • “¿Debo decirte?, responde un tanto enfadado.
  • “Mira, lo siento. Hace muchos años que no me encontraba con alguien como tú.”, dice Hans.
  • “¿Un… humano?”.
  • “Sí, digo… tú sabes…”, dice. “Ya me acostumbré a tener más precauciones, ¡desde ya hace tiempo!, como quince años.”.
  • “Lo dices por… ¿Eso?”, pregunta el aprendiz de Hechicero, luego de acercarse a una de las ventanas. Todavía era lo suficientemente de noche para lograr apreciarlo.
  • “¿La luz?”, pregunta de vuelta. “La verdad es que no lo sé. Nadie lo sabe.”, dice. “Lo único que todos saben es que, desde que apareció, la gente ha comenzado a morir o que monstruos cuya existencia se creía imposible se aparecen sin razón en los bosques de Aethelu. ¡Hasta el clima cambió!”, exclama. “Pasó hace tanto tiempo, que ahora es casi una leyenda…”.
  • ¿Cómo se llamaba ese lugar?, pregunta Gereth, sin poder recordar el nombre de aquella montaña.
  • “Lágranrraiz.”, responde. “De allí proviene la maldita luz, de una montaña.”.
  • “¿Qué será?”, se pregunta el aprendiz.
  • “No lo sé…”, dice. “¿Tienes hambre?”, le pregunta luego de un momento de silencio, intentando desviar un poco el tema de conversación. “En compensación por el daño que te causé, te ofrezco alojamiento y comida hasta mañana, no creo que demores más en sanar.”.
  • “Espero que no.”, responde.
  • “¡Vaya!, ¡tenemos a un hombre de la realeza!”, dice Hans entre risas. “¿Acaso tienes planes para mañana?”.

Ambos se quedan conversando. Gereth narra las historias que su padre le contaba sobre su abuelo Cythae, mientras Hans lo escucha con mucha atención, cuento tras cuento, dado que le encantan los dragones.

  • “Controlaba el fuego como un guerrero su espada, lograba derretir ciudades completas con una sola chispa, como también entregarle vida a quienes no la poseían. El fuego no es solo destrucción, ¿sabes?”, le dice Gereth.
  • “¡Impresionante!”, exclama Hans. “¿Y tu padre te contaba todo eso?”.
  • “Así es.”.
  • “Muéstrame, ahora. ¡Necesito verlo!”, le dice Hans.
  • “Espera, ¿Qué cosa?”.
  • “El fuego, las explosiones, ¡Todo!”, dice Hans, emocionado por una demostración. “Afuera tengo unas cuantas maderas que podemos—”, dice hasta que es interrumpido.
  • “Hans, yo no—”.
  • “¡No te creo!”, responde Hans rápidamente. “¡Quemaste mi trampa de oso!”.
  • “Sí, pero—”.
  • “No me vayas a decir que no heredaste el poder Dragón de tu glorioso y ancestral abuelo Cythae, Señor del Fuego.”.
  • “Hans, debo decirte algo. Cada cierto tiempo tengo un sueño, y siempre es igual. El sueño me hizo recordar, con el tiempo, que cuando niño… fui corrompido. Fue una noche terrible. Y mi padre…”, dice, pero se detiene por el gran nudo que de inmediato se le forma en la garganta. “Desde ese entonces, mi Hechicería no sirve en absoluto.”.
  • “Pero… ¡Qué terrible!”, exclama. “Lamento mucho eso. ¿Y aun así has logrado sobrevivir solo en los bosques de Aethelu?”.
  • “Bueno, estoy aquí, así que creo que sí.”, responde decaído.
  • “Creo que puedo hacer algo al respecto… pero primero la comida. Está lista.”, dice Hans, mientras mira hacia la cocina. “¿Te gusta la sopa de Fúlmina? Quizás eso te levante un poco el ánimo.”.

Larga fue la noche, la conversación no se detenía.

La mañana siguiente, Gereth despierta en su cama. Apenas abrió los ojos la abundante luz exterior lo perturbó por unos momentos, la niebla de la noche anterior se había dispersado bastante y ahora el sol irradiaba como nunca. Era un nuevo día de caminata, y no podía esperar más a salir de la casa, no le acomodaba quedarse mucho tiempo en lugares ajenos. Mientras Gereth se preparaba, Hans le toca la puerta y entra a la habitación.

  • “¿Cómo dormiste?”, pregunta.
  • “Bien, muchas gracias.”, responde Gereth.
  • Wickliff, sigue las indicaciones de la brújula que te entregué anoche, sé que te ayudara a cumplir tu cometido. Con ella lograrás deshacerte de tal maldición de la que me hablaste. Como te expliqué, antes de que mi padre muriera, cada problema que tuve lo solucioné gracias a este pequeño artefacto, cada cierto tiempo lo sacaba de su despensa. Y ahora que no funciona conmigo, he decidido entregárselo a alguien que de verdad lo necesita, a ti.”, le dice, acercándose a Gereth para hablarle en voz baja. “Espero que logres hacerla funcionar. Es posible que ahí dentro, en tu corazón, esté el alma Dragón de Cythae, el Señor del Fuego. Si de verdad eres merecedor de tal poder, esta brújula hará lo suyo. Es tiempo de que me encargue de mis problemas yo solo. Ya sabes cómo funciona, ahora es tuya.”.
  • “Pero Hans, esta brújula es tuy—”.
  • “Ya no. Por favor, acepta este regalo por haberte causado daño, no fue mi intensión. Además, ¿De qué me sirve a mí?”.

Gereth analiza la brújula unos segundos, era bastante lujuriosa, no esperaba recibir algo así de un extraño.

  • Gereth, tú no eres un Mago, eres algo especial, un Hechicero. Tienes una habilidad innata con la magia, nadie te ha dado clases formales de hechicería en toda tu vida, por todo lo que pasó, y aun así logras hacer conjuros y hechizos. Necesitas deshacerte de la magia negra que inunda tu interior, de esa forma sabrás de lo que eres capaz.”.

Ambos bajan del segundo piso, que era donde se encontraba la habitación en la que Gereth durmió, para salir por la puerta principal al patio.

  • “Te deseo mucho éxito, Gereth.”, le dice, mientras le da la mano.

Ya de vuelta en la ruta, luego de haberse despedido de Hans, se sienta contra un árbol y comienza a analizar más detenidamente la brújula, notando algo distinto. El objeto paulatinamente se llenaba de un gas oscuro, como si el aprendiz le estuviera inyectando magia sin querer a través de la mano que sostenía el objeto.

  • “¿Qué…?”, susurra Gereth, bastante confundido, mientras analiza rápidamente la parte de atrás, por si estaba sucediendo algo allí también. Había letras grabadas en Dracónito, pero no se logra leer bien. “Kez… Gyn…”, susurra.

Por el otro lado, la inyección de magia ya había terminado. Ahora la brújula, por dentro, está dividida en dos. Una parte tiene humo oscuro, y otra parte tiene humo blanco, perfectamente divididos. No se mantenían en ninguna posición en específico, las masas de gas giraban por sobre los grabados de oro del interior de la brújula y por debajo del fino cristal. La aguja apenas se distinguía entre los humos y siempre se mantenía justo en la división de los colores. Ya no se dejaba llevar por los campos magnéticos del Mundo, estaba totalmente liberada. Ahora se dejaba llevar únicamente por las nubes de magia que la rodeaban.

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Carlos Holz

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